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martes, 4 de febrero de 2025

Esos pijos de izquierdas de los que habla Luis

 De puntillas, así pasaban sus días, así se presentaban en sociedad. No hacían ruido, se desmarcaban de cualquier posibilidad de compromiso. No hacían sino aplicar las mismas memeces que durante décadas sacaban a relucir, un día sí y otro también, escudándose en un egoísmo encubierto, imperceptible para personajes pululadores y aduladores a quienes la baba les resbalaba al tiempo que sufrían desmanes y humillaciones que aplaudían mientras les arrastraban al cadalso.

De puntillas, mirándote por encima del hombro, con gestos ostensibles de asco y rechazo, y nosotras elevando nuestras plegarias allí donde ellas guardan sus tesoros, sus miserias. Allí donde ni nada ni nadie tiene acceso, por una mera cuestión de decencia, esa que nuestros personajes ni tienen ni pretenden cultivarla, va contra sus principios, va contra sus intenciones, es incompatible con su condición de miserables, la que les permite usurpar tus sueños con un cambiazo en el que, convirtiéndolos en bienes materiales, a ti te deja con la imperiosa necesidad de serles siervos de por vida.
Seguimos adelante, nuestra condición de figurantes necesarios nos convierte en personajes de presencia infinita que la mugre humana, esos pijos de izquierdas de los que habla Luis, precisa para justificar su propia existencia.


"Confundir deseos con derechos"


lunes, 23 de septiembre de 2019

No se fragmenta lo que no existe

Hay un problema interpretativo de fondo que, de no resolverse, y no lo hará jamás, nos conduce, a determinados sectores y grupos sociales, a una falsa creencia de pertenencia a un grupo común inexistente.
Lo que en otras latitudes forma parte de los preceptos aceptados por una base social amplia y consolidada, cuyo abanico de alcance es nada sectario, y que poco o nada tiene que ver con la ideología política de sus habitantes, en España, constituye un ramillete de reivindicaciones históricas, muchas de ellas con un carácter delictivo de tipo criminal y genocida, que la Historia, porque así lo decidieron los propios asesinos, se encargase de aparcar, para humillación de víctimas y familias, de modo indefinido.
La sensibilidad de muchas personas, capaces de percibir el sufrimiento histórico de aquellas familias y personas que sufrieron esa afrenta histórica, nos confundió a todas creyendo que ello nos hacía, a su vez, partícipes de un proyecto social y político común. Nada más lejos de la realidad. Desde la perspectiva ideológica, no existe aquello que llamamos Izquierda. Nunca existió, la distancia entre personas de ese ámbito, el tiempo lo ha demostrado, era y es mucho mayor que la que actualmente pueda existir, y valga la burda comparación, entre militantes y/o votantes, incluso candidatas y candidatos, de partidos como PSOE y Ciudadanos.
Insisto, sólo la creencia de una común afrenta histórica pareciera mantener un hilo entre conciudadanos que creen pertenecer al ámbito de aquello que, para desgracia común, jamás ha existido. 
 
Santos López Giménez

sábado, 31 de octubre de 2015

Sin margen para la divergencia

               El propio Pablo Iglesias reconoció, días pasados, haber votado a Zapatero en 2004. Momentos concretos, críticos, en los que era preciso cortar de cuajo las inercias perversas de la Derecha, los ha habido. Éste, el que ahora contempla nuestro presente, es uno de ellos. Muchos somos quienes estamos contrariados por el hecho de que la Izquierda no haya sido capaz de alcanzar un gran acuerdo que aglutine el más útil de todos los votos, aquel que nace del pueblo y elige al pueblo.

             Sin embargo, contra un cierto espíritu derrotista, que suele acompañar al votante y militante progresista, la última configuración electoral, que nos ha deparado, en bastantes Ayuntamientos y algunas Comunidades Autónomas, una rica mezcla de grupos políticos que están gobernando por y para las mayorías silenciosas, aquellas que ni votan pero que más precisan de la acción de la política en sus vidas, se mantiene una espita abierta a la que hemos de aferrarnos de cara al próximo 20 de diciembre.

            Los últimos 30 años, respecto de las diferentes configuraciones de parlamentos y Ayuntamientos, nos dejan panoramas genéricos en los que, frente al aparente, y crudo, bipartidismo, allí donde esa circunstancia no marcaba pautas, sino que un amplio elenco de grupos configuraban sus bancadas, todos los parámetros, que definen el buen camino de sus comunidades, siempre estuvieron muy por encima de la media del país. No hay mas que echar mano de los mejores resultados socieconómicos, en pueblos, ciudades y regiones, aquellos que inciden directamente sobre sus gentes, mejorando las condiciones de vida de éstas, y cotejar las composiciones en número de grupos representados en sus cámaras, para concluir que estamos ante una irrefutable certeza, a mayor pluralidad, incrementos notables en los parámetros que definen las condiciones de vida de sus habitantes.

          Por tanto, de cara a esa fecha anteriormente citada, que habrá de condicionar nuestro futuro inmediato, la del 20 de diciembre, considero que el voto más útil que cada cual pueda aportar en su condición de ciudadano libre, libre de ataduras, sólo atado al compromiso con su gente, en especial con los más necesitados, considerando la no confluencia previa que tantos deseábamos, será el voto en conciencia que, individualmente, cada elector deposite en su urna. Del mismo, cien días lo corroboran, habrá de salir un Gobierno en cuya composición no quedará margen para la divergencia.

        Por lo pronto, el mío lo tengo decidido, será para PODEMOS.

Santos López Giménez




            

domingo, 29 de septiembre de 2013

"Ya estáis hablando de política"

                               Imagino que dependerá de las dinámicas que cada uno haya seguido a lo largo de su vida. Actualmente, si he de ser sincero, pasaría de muchos asuntos sociales, pero, tanto desde el punto de vista personal, como del ideológico, en ambos, la fuerza que me impele siempre acaba ganando esa pequeña batalla interna con la que he de bregar para seguir aportando un pequeño grano de arena a la construcción de la sociedad en la que vivo. No sabría, porque tampoco es necesario, cuantificar la intensidad de mi aportación, en todo caso, y porque, como decía aquel, hay gente para todo, si alguien lo desea aclaramos conceptos respecto de la mencionada aportación. Pero, no trato de que sea ella la protagonista de nada, en todo caso, trataba de vincularla con la otra faceta, paralela, que conlleva la misma: me refiero a la defensa argumental de posiciones ideológicas y/o de vida, a las cuales, desde adolescente, he sido muy dado. Bajo esa "aureola", he pasado buena parte de mi vida. Unas veces, me congratulaba conmigo mismo; otras, era tal el mal sabor de boca que rezumaba, tras largas sesiones de debates, entre amigos o conocidos, que solía conjurarme para no volver a verme envuelto en situación semejante nunca más. Ese nunca más, no me lo creía ni yo, sabía que siempre habría una próxima ocasión. En todo caso, dado que tampoco tenía acceso a foros en los cuales uno pudiese desarrollar tales conversaciones, no porque no existiesen, sino por mi manifiesta incapacidad para desenvolverme en tales ambientes, lo cierto es que casi siempre eran improvisadas tertulias las que obraban en una u otra dirección. Pasado el  tiempo, descubrí que tenía a la mano la posibilidad de utilizar la escritura, lo cual me ayudó mucho para expresarme mediante dicha vía, sorteando ese difícil mundo de la verborrea pública, al que tanto miedo escénico tuve y tengo.
                           Dicho lo cual, es ahora cuando, realmente, deseo comentar sobre, no sólo mis interlocutores domésticos de esas improvisadas tertulias, sino, en general, de todo un elenco de personas que, años atrás, ejercían de censores, a cada momento con la espada en alto, dispuestos a, no ya censurar lo que se hablase, sino, simplemente, a coartar la posibilidad de que se hablase. Los asuntos de corte social, pasaban todos directamente al saco de una lapidaria frase, aún vigente, aunque ahora, el perfil de tales censores ha quedado reducido a un arco menor que el de antaño, siendo dicha frase, más o menos, algo así como "ya estáis hablando de política". La carga de la dichosa frase recaía, exponencialmente, sobre quienes ya estábamos marcados, era más liviana para quienes eran considerados dóciles personas arrastradas por el desalmado de turno, casi siempre quien escribe, que osaba sacar a colación asuntos como el de la masiva construcción urbanística prevista por el Ayuntamiento de turno, o, vete a saber, aducir, sin venir a cuento, el despropósito de que el Estado Español apostase por invadir Irak, por nombrar dos de las lacras más significativas de la última década.
                         Hoy, las múltiples colateralidades, de las políticas neoliberales, ocasionadas por el hurto social de los derechos ganados a fuerza de sangre, sudor y lágrimas, cuando menos, han relajado la carga censora de aquellos que otrora anduviesen ojo avizor para cazar a los ingenuos que mostrásemos preocupación social, a la que ellos siempre llamaban "hablar de política". Sin embargo, como quiera que los peones encargados de ejecutar aquel juego sucio, ahora han tomado partido por la cuenta que les trae, los verdaderos beneficiarios de aquella anatema social, es decir, la Derecha política, económica y social, optó por una nueva estrategia: dejemos que hablen cuanto quieran, es inevitable, pero, introduzcamos un nuevo elemento, el desprestigio de la política en su totalidad. Dueños del cotarro económico, maestros del cortoplacismo, y avezados alumnos de Maquiavelo, saben sobradamente que la sustancial pérdida de votos que ellos puedan tener, bajo esa consigna social, no es nada comparada con la que cualesquiera otros partidos tendrán. La causa, no por repetida, hay que dejar de significarla: el votante, afiliado o simpatizante de los partidos de Izquierdas mantiene una actitud crítica a años de luz de aquellos que orbitan en la Derecha.

Santos López Giménez





Sin prisa pero sin pausa,
como el "calabobos",
desde la más tierna infancia
preparan el cebo:
"Si no te comes la sopa
te llevará el coco..."
"Los tocamientos impuros
te dejarán ciego...".

Y te acosan de por vida
azuzando el miedo,
pescando en el río turbio
del pecado y la virtud,
vendiendo gato por liebre
a costa de un credo
que fabrica platos rotos
que acabas pagando tú.

Son la salsa
de la farsa.
El meollo,
del mal rollo.
La mecha
de la sospecha.
La llama
de la jindama.

Son el alma
de la alarma,
del recelo
y del canguelo.
Los chulapos
del gazapo.

Los macarras
de la moral.

Anunciando apocalipsis
van de salvadores
y si les dejas te pierdes
infaliblemente.
Manipulan nuestros sueños
y nuestros temores,
sabedores de que el miedo
nunca es inocente.

Hay que seguirlas a ciegas
y serles devoto.
Creerles a pies juntillas
y darles la razón
que: "El que no se quede quieto
no sale en la foto..."
"Quien se sale del rebaño,
destierro y excomunión".

Sin prisa pero sin pausa,
esos carcamales
organizan sus cruzadas
contra el hombre libre
más o menos responsable
de todos los males
porque piensan por su cuenta.
Sueñan y lo dicen.

Si no fueran tan temibles
nos darían risa.
Si no fueran tan dañinos
nos darían lástima.
Porque como los fantasmas,
sin pausa y sin prisa,
no son nada si les quitas
la sábana.

jueves, 29 de septiembre de 2011

Propuesta del Foro Ciudadano

La dimensión del escrito que os dejo, redactado y firmado por Patricio Hernández, Presidente del Foro Ciudadano de la Región de Murcia, es en mi opinión de una trascendencia tal que, tras recibirlo en mi buzón de correo, he considerado oportuno hacéroslo llegar sin demora. En una época donde, por momentos, el escepticismo se nos dispara, una propuesta como la que Patricio nos hace, bien merece ser tenida en cuenta. Sin más, ahí os dejo el texto mencionado:


Queridos/as compañero/as del Foro Ciudadano:

Como sabéis hemos tomado la iniciativa de promover una candidatura unitaria e independiente de la izquierda (consecuente) al Senado por Murcia, a partir de un proceso asambleario y de primarias abiertas en que pueda participar quien quiera en pie de igualdad y donde el protagonismo resida exclusivamente en la gente, sin otras mediaciones políticas.
Se trata de una experiencia de participación directa en un proceso político de alto valor simbólico e inédita en la región (y fuera de ella), más allá de las posibilidades prácticas de obtener representación (que realmente se hace muy difícil).  
Jugamos contra muchos elementos que nos son adversos (el desconocimiento popular, la inercia de los votantes, el diseño bipartidista de las elecciones, el descreimiento de mucha gente, los plazos exigüos para armar un movimiento ciudadano de envergadura, la falta de medios económicos, etc), pero tenemos a favor la posibilidad de que muchos conciudadanos vean lo que hay de nuevo y de abierto, de camino que se abre para seguir explorándolo en el futuro, y se animen con ilusión a implicarse. Ese -la ilusión, el entusiasmo -es nuestro recurso inmaterial más valioso.
Por razones puramente prácticas hemos renunciado a una agrupación de electores, que la legislación vigente nos hace casi imposible (tendríamos que reunir 10.000 avales personales en menos de tres semanas), y ya hemos obtenido el visto bueno de los partidos IU, Equo e Alternativa por Santomera (un pequeño partido progresista local) para que nos den la cobertura legal (formalmente será una coalición electoral, pero esto no es más que una "ficción jurídica") que permita concurrir a las elecciones a todo este movimiento ciudadano, a los que agradecemos su generosidad y su apoyo pleno a la idea. Pero aquí acaba el papel de los partidos y de las asociaciones (incluida el Foro Ciudadano). Ahora estamos juntos todos los que queramos sin otras diferencias ni credenciales que las opiniones de cada cual.
Por esto es necesario que tod@s  los que tengamos claro que este proceso merece la pena que aportemos lo que podamos, que participemos activamente. Es un ensayo de lo que mañana podría pasar -desearíamos que pasara- en todo el país, de una convergencia  plural de las fuerzas de la izquierda que pogan a la gente en el centro. Tiene algo de lo mucho que nos han enseñado los indignados como nueva cultura política (y también de rechazo de viejas culturas y enquistadas prácticas), y ahora es la momento de ponerlo en valor (sin confundir el papel de cada cual, sin usurpar el espacio de otros ni manipular el respeto y el crédito que se han ganado: no hace esto ni participa como tal el 15-M ni DRY). Es un ejemplo que muchos van a seguir con gran interés fuera de Murcia.
Estamos trabajando ya en los aspectos concretos (primarias, programa, nombre y logo, comunicación, financiación, etc.). Puedes sumarte asistiendo el próximo lunes a la siguiente Asamblea abierta (19,30h., en el Txoco Pepe Carvalho, en Polo de Medina 15, bajo, de Murcia). Y sumarte electrónicamente a nuestras páginas y listas de correos.
Te esperamos y confiamos en que nos ayudarás a difundirlo entre tus contactos y amigos.
Salud
Patricio Hernández
Presidente del Foro Ciudadano
Os dejo los enlaces del grupo de facebook, del evento (también en facebook) y de la noticia de hoy en La Verdad.

martes, 10 de mayo de 2011

Desde el conocimiento y la solidaridad





"Yo buscaba realizar gran parte de la política en la calle. Ningún otro diputado acudía a ella. Las gentes más humildes venían a mí para que las ayudase. Yo me consideraba un diputado del pueblo, y me portaba más como mujer del pueblo que como diputado. Pensaba que el escaño debía servir fundamentalmente para eso: para ayudar a los más débiles. A una mujer a dar a luz cuando no tiene hospital que la acoja, a recuperar un techo a los que han echado de sus casas por falta de pago, a que se acepte a un niño en la escuela cuando carece de ella, a estar con los huelguistas que luchan por unos salarios y unas condiciones de trabajo más justas. Me decían: te metes en cosas que no debes, no es propio de tu condición, eso no es para los diputados. Y yo contestaba: entonces eso quiere decir que los diputados han de olvidarse de la calle, encerrarse en el Parlamento, tapiarle... Para eso no soy diputado. Desde el punto de vista parlamentario puede parecer absurdo lo que yo hago: desde el punto de vista humano, no. Y para mí, éste es más importante que aquél".



Estas palabras forman parte de la obra "Dolores Ibarruri, Pasionaria. Memoria humana" de Andrés Sorel, publicada en 1989, el año en que Pasionaria murió.





Obviamente, muestran un compromiso muy distante de todo lo que hoy, respecto de la política, conocemos. Como si de departamentos estancos se tratase, el político al uso es el que si llega a estar en contacto con su pueblo es por razones espúreas alejadas de las verdaderas necesidades del mismo. Y esas necesidades, a día de hoy, están más presentes que nunca. Lo están en nuestra sociedad, colmada de bienes materiales, y, lo que es peor, persigue a una mayoría de ciudadanos del planeta. Sólo desde la política se puede y se deben cambiar los esquemas: las Organizaciones no Gubernamentales (ONG) desempeñan una labor importantísima, sin duda, pero si los proyectos y cambios sociales no se engranan en la rueda que conforma los diferentes estamentos políticos de las Administraciones Públicas, no sólo a modo de receptores de puntuales ayudas, sino de dinamizadores y catalizadores sociales, de muy poco, a largo plazo, sirven estas bienintencionadas apuestas; y lo que es peor, pasan a convertirse en estructuras desde las que sacan pecho personajes sin escrúpulos que medran y trepan sin despeinarse.





Por todo ello, aunque he tenido la suerte de conocer a personas que se han acercado a la política por y para dar lo mejor de si mismas a sus conciudadanos, aplicando una intencionada discriminación positiva hacia quienes más necesitan de su ayuda, es por lo que, en estos instantes, frente a una convocatoria electoral, en el reducido ámbito del pueblo donde vivo, ese perfil, encontrar a esa persona que encarne los valores propuestos, y que Pasionaria dejase impresos, en letras de oro, en las páginas de nuestra reciente Historia, puede resultar complicado. Sin embargo, al repasar los carteles electorales de nuestro pueblo (menuda ironía, considerando la zafiedad y el despotismo, por parte del gobierno municipal del PP, en la distribución de espacios para cartelería política con que se ha actuado en Cehegín), encuentra uno a una persona cuya trayectoria profesional y humana se aproxima y mucho a esa condición de compromiso social desde el conocimiento y la solidaridad, con un especial añadido, tratarse de la primera mujer que en Cehegín encabeza una lista electoral: se llama María José Rodríguez, y es cabeza de lista por Izquierda Unida.


Santos López Giménez






miércoles, 9 de diciembre de 2009

La Izquierda en Cehegín: un comentario.

A raíz de colgar "La Izquierda en Cehegín"(http://docs.google.com/fileview?id=0BxIGiD4bTnVQMTdmZTQyNjUtYTBhZi00N2I3LTkwZDUtMTg1ODBmZjMzMzUx&hl=en) en Tal día como hoy, he recibido un comentario de una persona joven que me ha parecido muy interesante. Con el permiso de esta persona, paso a transcribir sus palabras, no sin antes agradecerle su deferencia para con la transcripción del mismo:


Muy bonita la imagen, y también la película! He leído tu artículo del año 2002, circunstancias muy lejanas aquellas, y aunque voy justica de tiempo me gustaría responderte. Primero presentarme: me llamo Patricia y nací en Cehegín en 1985; actualmente vivo en Barcelona y me encuentro ya algo distanciada (con toda la pena del mundo) de las dinámicas políticas de Cehegín. Por decirlo de algún modo, yo he sido "educada" en la escuela de Izquierda Unida de Cehegín, en la escuela de la Unión de Juventudes Comunistas, y especialmente en Andalucía, dónde tuve la fortuna de recorrer recónditos pueblos como secretaria de lucha contra el patriarcado. Ahora milito en el PSUC en mi barrio, el baix guinardó, hago teatro "contra Goliat", participo en el moviminto anti-Bolonia... Y probablemente, nunca haya hablado de nada de esto con nadie de Cehegín, a excepción de mis compañeros/as de IU. Por lo tanto, soy lo que se puede decir una persona educada en ese mundo de la cultura de izquierdas, obrera, si quieres. Y que no ha encontrado un ambiente estimulante en Cehegín. Ni entre amigos/as reputados "socialistas", ni entre la familia también reputada "socialista". Me planteo, ¿Por qué no es posible una unión IU-PSOE? Porque pertenecemos a dos órdenes diferentes, por ahora. Primero, la "gente de IU" va más allá de las instituciones, y nos mueve más la creación de una conciencia (cultura si quieres) de lucha, un espacio de solidaridad, de crítica plural al capitalismo... que asegurar dos asientos en un pleno más bien impotente. Probablemente, IU es diversa, pero creo que hay acuerdo en que nuestra lucha va más allá de los escaños, aunque ellos al final nos afecten... Estamos acostumbrados a trabajar en aquello de los movimientos sociales, más que en los locales del partido (que poco a poco vamos teniendo que cerrar).
En segundo lugar, y a nivel estatal, el PSOE no está desarrollando una política radical, mientras sube impuestos indirectos, reduce las partidas en becas (I+D), aplica el proceso de Bolonia sin consenso, privatiza los servicios públicos, permite la deslocalización, mantiene una guerra de ocupación en Afganistán, ilegaliza partidos y encarcela por ideas políticas... abre la puerta a una reforma laboral (que ya hizo en 2005 por cierto)... 4 millones de parados, y un largo etc. Vease por ejemplo la última ley de economía sostenible que supuéstamente nos salvará de nuestras precarias vidas de jóvenes precarios.

Y volviendo al nivel local, conozco personalmente a esa nueva generación de jóvenes socialistas, amigos/as muchos de ellos/as, y estaré encantada de trabajar con ellos/as el día que vuelvan a las luchas sociales.

Mientras tanto, mientras no haya esa regeneración ideológica y estratégica dentro del PSOE, por mi parte, no habrá reconocimiento posible. Eso no quita, que a nivel de base, a nivel de determinados individuos, pueda haber un trabajo común... eso sí, en el campo de las luchas sociales. Ésta es mi propuesta.

Saludos

Patricia

sábado, 29 de agosto de 2009

El temor de los intelectuales a la política

El tema, para una mayoría, puede resultar menor. Para la misma mayoría que sostiene, mediante un clientelismo obsceno, las estructuras del poder político, sin que importen, ni de lejos, planteamientos de futuro que fomenten una cultura social democrática donde prevalezca el sentido crítico.
El autor, se expresa desde la globalidad, no obstante, echad un vistazo en vuestro ambiente inmediato, es muy sencillo localizar los variados aspectos globales que nos enuncia.
El compadreo es la lacra más nociva de nuestra sociedad, no sólo el conformismo.
En todo caso, visiones domésticas a un lado, merece la pena leer con detenimiento la propuesta que Ramin Jahanbegloo nos hace hoy desde la tribuna de El País.


El temor de los intelectuales a la política

Las dos culturas, el conocido ensayo del científico y novelista británico C. P. Snow, salió a la luz en 1959. Snow defendía ahí la tesis de que el colapso de la comunicación entre las dos culturas de la sociedad moderna -las ciencias y las humanidades- era un freno para la resolución de los problemas del mundo. Medio siglo después, el debate iniciado por Snow ha tomado una nueva forma. El siglo XXI representa, en términos generales, la separación de los intelectuales y la política. Pocas veces habían estado tan alejados los intelectuales y el mundo político.

Los intelectuales críticos son hoy una especie en vías de extinción. Temen la política, y se diría que la política muestra una indiferencia absoluta por todo lo que se pueda denominar intelectual. Hay otros muchos que consideran que nos encontramos ante un declive de lo intelectual. Según ellos, la intelectualidad se ha distanciado de la esfera pública para acercarse a un mundo cada vez más profesionalizado y más empresarial. En otras palabras, los intelectuales están perdiendo su autoridad pública para dirigirse al poder, al tiempo que cada vez son más incapaces de realizar sus funciones de una forma independiente y crítica. Nunca se habían mostrado tan profundamente opuestas la conciencia crítica y la esfera pública.

Parece que los intelectuales de hoy pensaran que puesto que todas las verdades morales son relativas, ya no hay necesidad de ser la voz moral de un mundo sin voz. El afán de ciertos intelectuales de aparentar que lo políticamente correcto y sensato es desestimar la importancia que tienen los imperativos morales en la esfera pública no es más que una forma de hacer coincidir las necesidades humanitarias urgentes del mundo en el que vivimos con las necesidades concretas de su carrera o su ascenso profesional. Asalariados, ocupando cátedras o titularidades permanentes, pensionistas, muchos intelectuales se encuentran encadenados a la rueda de una carrera y una profesión respetables que paradójicamente estanca su capacidad para la crítica en un contexto no conflictivo.

Para ser más precisos, los mezquinos intereses personales han destruido los llamados intereses públicos de los intelectuales. Al olvidarse de la política, rápidamente y sin dejar lugar para el arrepentimiento, muchos intelectuales del mundo actual degradaron y abandonaron la idea de la esfera pública, transformándose en defensores de la cultura de masas carentes de todo sentido crítico. Es en virtud de esta falta de sentido crítico con respecto a la vida pública por lo que los politólogos y los expertos culturales han venido a sustituirlos como actores sociológicos en el mundo contemporáneo. A los intelectuales ya no les interesa reflexionar y debatir sobre los valores, su único interés reside en el comentario de los hechos. Así, con la aparición de la aldea global postindustrial, dominada por las redes mediáticas y la comunicación tecnológica, en las que las voces disidentes suelen estar acalladas, una "epidemia de conformismo" ha paralizado al completo la vida pública, convirtiéndola en una entidad impulsada única y exclusivamente por el mercado.

Para investigar la evolución del compromiso de los intelectuales en la historia europea del siglo XX, tenemos que empezar con el affaire Dreyfus y la aparición de la categoría "intelectual". Pese a las diferentes posturas que cristalizaron durante el affaire Dreyfus, ambas partes estaban de acuerdo en que el intelectual tenía que comprometerse. Uno de los que participó a favor de Dreyfus fue Julian Benda, el filósofo judío conocido fundamentalmente como autor de La traición de los intelectuales, donde afirma que "la labor del intelectual es defender los valores universales, por encima de la política del momento". Para Benda, por consiguiente, el intelectual es un sujeto que opera dentro de un marco moral y se atiene a unos valores trascendentales, libre de las impurezas de la política. Probablemente Zola se merece este honor, no por sus novelas, sino porque llegó a ser un intelectual que atacó la injusticia, el prejuicio y la intolerancia en la esfera pública. De este modo restauró la función que Sócrates había reservado para el filósofo: defender la universalidad de la búsqueda de la verdad y luchar contra la violencia.

El método de Sócrates para dominar la violencia era el uso del diálogo frente a las convicciones políticas. Con su mayéutica -conócete a ti mismo- Sócrates invitaba a los atenienses a interrogarse. Y aunque sea un fin en sí mismo, aprender a interrogarse es también una condición y un punto de partida para cualquier intelectual que quiera obrar honestamente. La honestidad es abrirse a la pluralidad humana; es cobijar la idea, intrínseca al trabajo de un intelectual dialógico, de que cada persona contiene "multitudes", como dice Whitman en su Canto a mí mismo. Todo intelectual necesita de esta multiplicidad, no sólo para conectar con los otros, sino también para ensalzar y valorar, como un elemento constitutivo del mundo, las diferencias que existen entre las personas. La idea de diferencia presupone otro valor igualmente esencial a la condición de intelectual: el respeto.

Una de las tareas del intelectual es pensar en cómo reformar y mejorar la sociedad. Su empeño primordial debe centrarse en la educación cívica de los otros ciudadanos para la responsabilidad que entraña la auto-gobernanza democrática. ¿No perdería todo el significado que tiene para nosotros el valor supremo de la historia si admitiéramos que son muchos los intelectuales que consideran que lo que denominamos examen crítico de la esfera política es un ejercicio fútil? Si no se lee y se ejerce el espíritu crítico, la historia podría convertirse en una simple repetición de los errores humanos. Por el contrario, cuando se comprometen con la historia, los intelectuales no sólo necesitan una mente abierta, sino también crítica, capaz de entender que las verdades pueden ser parciales; una mente que se interrogue continuamente. Lo importante aquí es que la manera de protegerse contra toda tentación de colaboración con el mal es interrogarse y reflexionar con sentido crítico.

Con este planteamiento, la pregunta es: ¿cómo se puede hablar de preservar la ética en la esfera política y de no caer en el mal cuando han dejado de existir los absolutos morales? Poco después de terminada la guerra, en 1945 y en uno de los primeros ensayos que aparecieron al respecto, Hannah Arendt decía que "el problema del mal será el tema fundamental de la vida intelectual en la Europa de posguerra, de la misma manera que la muerte fue el tema de reflexión fundamental después de la Primera Guerra Mundial". Creo que Arendt estaba en lo cierto, sobre todo porque en el mundo de hoy el problema del mal y sus implicaciones políticas constituye un desafío importante para el estatus público y la integridad moral de los intelectuales.

Cierto es que todos somos moralmente responsables de las calamidades e injusticias del mundo en el que vivimos. Pero no es menos cierto que el papel social y político de los intelectuales conlleva una mayor responsabilidad moral. Como señala Max Weber, el compromiso intelectual requiere la ética del héroe, pues hace falta una gran valentía moral para enfrentarse a las responsabilidades que se adquieren en la esfera pública.

Muchos creen, por supuesto, que ser hoy un intelectual comprometido con la vida pública no es nada del otro mundo, ya que ser demócrata y vivir en una democracia no supone ningún riesgo, ningún desafío. Pero, dado que no puede haber una democratización y una globalización reales si no están acompañadas de una labor crítica real por parte de los intelectuales, en su función de contrapoderes, ser hoy un intelectual crítico significa también ejercer de conciencia moral del mundo globalizado. Por eso, para los intelectuales comprometidos, la verdadera lucha no se limita a estar a favor o en contra de la política, sino que se trata sobre todo de una batalla en defensa de lo humanitario frente a lo inhumano. Se trata de tener la valentía de alzar la voz en nombre de la no violencia y en contra de la injusticia. Por esta razón, aunque el concepto haya perdido hoy la fuerza que tuvo en el momento del caso Dreyfus, se ha de mantener la función del intelectual público. Mientras los humanos sigamos creyendo que la esperanza no es una palabra fútil, los intelectuales no dejarán de ser útiles en todas las sociedades.

Ramin Jahanbegloo, filósofo iraní, es catedrático de Ciencias Políticas en la Universidad de Toronto.
Traducción de Pilar Vázquez

http://www.elpais.com/articulo/opinion/temor/intelectuales/politica/elpepiopi/20090829elpepiopi_11/Tes/

domingo, 24 de mayo de 2009

La derechización de los intelectuales españoles

Os dejo un artículo cuyo contenido no tiene desperdicio. Refleja los posicionamientos actuales ideológicos, en ese sector social, los intelectuales, cuyas opiniones, queramos o no, van dejando un poso que, finalmente, es el que condiciona las posiciones de un importante número de ciudadanos. A poco que echemos mano del retrovisor, y hagamos una somera comparación de principios, objetivos y estrategias, es fácil adivinar, percibir, el tufo derechoide, hoy día, entre la militancia de base de los partidos de izquierda en nuestro país. Pero, como suelo decir, cuando reproduzco estos interesantes documentos, lo mejor es que leáis su contenido.

Santos López Giménez


Las ideas liberal-conservadoras son hoy hegemónicas en la esfera pública en nuestro país. En muchos casos son defendidas con ardor por gente que fue progresista en su juventud, y a veces, hasta marxista-leninista

IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA 24/05/2009. El País.
Aunque viene de atrás y el proceso ha sido gradual, en los últimos años se ha acelerado, y desde luego se ha hecho más visible, un muy notable desplazamiento de buena parte de los intelectuales españoles hacia posiciones conservadoras y derechistas. Los intelectuales -entendiendo por tales, en un sentido muy amplio, a aquellas personas con un protagonismo destacado en la esfera pública: profesores universitarios, periodistas, escritores, etcétera- se han derechizado, muchas veces a cuenta de la negación de la diferencia misma entre la izquierda y la derecha, que consideran superada, mistificadora o simplemente sectaria.

Siempre ha habido muchos intelectuales de derechas y, como es lógico, continúa habiéndolos. Ocurre así en todas partes. Lo que no resulta tan habitual es que en el lado opuesto del espectro ideológico haya habido una especie de desbandada generalizada. Muchos de quienes escribían antes desde posiciones a veces furiosamente radicales o revolucionarias, hoy defienden no valores liberales, como quizá cabría esperar, sino ideas que sólo cabe calificar de reaccionarias.
Este cambio se hace especialmente chocante en los casos más extremos, en aquellos que defendían la dictadura del proletariado, el marxismo más estricto, el derecho a la autodeterminación de los pueblos, o incluso a la propia ETA. Muchos de ellos andan hoy en las antípodas de todo aquello. Sus preocupaciones ahora son muy distintas, como la defensa de la unidad de España, la guerra a los nacionalismos periféricos, el desprecio a la socialdemocracia, el combate frente a esas espectrales amenazas del relativismo y el multiculturalismo, el lamento por la pérdida del modelo antiguo de la educación, basado en la jerarquía y la disciplina, o la defensa, en nombre del realismo y la madurez, de cuantas intervenciones armadas tengan a bien emprender Estados Unidos e Israel.
Hay, por supuesto, casos mucho menos llamativos, pero seguramente más abundantes, de intelectuales que fueron de izquierdas, socialistas por ejemplo, que se identificaron en su momento con el proyecto de Felipe González, y que han pasado a abrazar una confusa mezcla de liberalismo y nacionalismo español que cristaliza en el desprecio a la figura de José Luis Rodríguez Zapatero. Muchos de ellos han dedicado grandes esfuerzos a hacer escarnio de esa pobre figura imaginaria, casi mítica, del progre profundamente antiamericano, que apoyaba a Fidel Castro, que tenía sus ambigüedades ante el terrorismo, que veía casposa la idea misma de España, que rechazaba los métodos memorísticos en la escuela, que hacía apología de un pacifismo ingenuo, que pensaba que la policía era un cuerpo represivo... En fin, un discurso perteneciente en todo caso al género autobiográfico y hecho en realidad con el claro afán de justificar ante sí mismos y ante la sociedad cambios ideológicos pendulares, que van de un extremo a otro. ¿Cuántos artículos de opinión en esa línea no hemos leído en las páginas de este periódico en los últimos, digamos, 15 años?
Quizá sea la cuestión eterna sobre el ser de España la que mejor ha permitido visualizar el cambio al que me refiero. Si en otros tiempos los intelectuales de izquierda creyeron tener una suerte de afinidad natural con los movimientos nacionalistas vascos y catalanes que reclamaban un Estado propio, hoy han abjurado completamente de aquellas ideas y las han sustituido por otras no menos dogmáticas y esquemáticas que las anteriores, según las cuales estos nacionalismos son un vestigio de la "tribu", una doctrina irracionalista de principio a fin que no cabe en nuestro orden liberal. El término "tribu" es hoy un comodín tan gastado como en su día lo fue el "sistema" o los "poderes fácticos".
Como una derivación natural de la cuestión nacionalista, la lucha contra el terrorismo de ETA ha tenido efectos similares. En estos últimos años han surgido, como si fueran setas, intelectuales que se mostraban muy indignados con los etarras, justo cuando ETA menos mataba. Estos antietarras sobrevenidos, que no se ocuparon de este drama en los tiempos realmente duros, y que escriben bien alejados del País Vasco, se han aprovechado descaradamente del prestigio moral que otorga la resistencia frente a ETA para hacer su peculiar ajuste de cuentas con las ideas que defendieron antaño.
Como todo fenómeno complejo, la derechización creciente de los intelectuales que fueron de izquierdas tiene múltiples causas. En primer lugar, cabe destacar el espíritu de los tiempos. El auge del neoconservadurismo por un lado, así como el colapso del marxismo que, por muy distintas que fueran las formas que adoptara, servía al fin y al cabo de lengua común de la izquierda, sumado todo ello a la confusión sobre el papel que puede desempeñar la socialdemocracia en el capitalismo actual, ha creado un clima propicio para el abandono de las antiguas convicciones ideológicas. No son pocos los que se han dejado arrastrar cómodamente por esta corriente. Aunque se suponga generosamente que los intelectuales somos gente que piensa por sí misma y revisa críticamente sus ideas, en realidad nos dejamos influir por las modas y las tendencias tanto o más que el común de los mortales.
El espíritu de los tiempos tiene además una especificidad propia en España. La historia política de nuestro país ha sido extremadamente convulsa. Sólo así se explica que muchos intelectuales abrazaran el izquierdismo para oponerse a Franco. Desaparecido éste, fueron evolucionando en la democracia hacia posiciones liberales que son las que habrían tenido de forma casi natural, por su origen social y formación, si España no hubiera pasado por una dictadura tan prolongada. A esto hay que sumar el estigma que ha arrastrado en nuestro país la derecha democrática debido a sus conexiones con el régimen anterior. Algunos intelectuales se atrevieron a hacer explícitas sus nuevas posiciones sólo cuando, tras la llegada del PP al poder en 1996, ese estigma comenzó a diluirse.
Hay también una cuestión generacional que no cabe soslayar. Los intelectuales que han tenido una fuerte presencia en la esfera pública desde los tiempos de la transición, cuando eran todavía muy jóvenes, tuvieron sus años de gloria bajo los primeros Gobiernos de Felipe González. Lo llamativo es que no se resignen a perder el oligopolio de las letras 30 años después. En un país normal, con un sistema político consolidado que lleve largo tiempo funcionando, la renovación de personas e ideas se produce con total naturalidad. Aquí no. Es anómalo que las personas que nacieron, aproximadamente, entre 1935 y 1950, comenzaran tan pronto y acaben tan tarde.
Su incomprensión y su desconcierto ante la generación socialdemócrata en el poder salen a relucir casi a diario. Que se trata de una cuestión generacional queda meridianamente claro por el tono de riña y suficiencia que se emplea para realizar lo que debería ser la crítica razonable al Gobierno y a su presidente. Esa falta de entendimiento generacional explica también, según me parece, la deriva liberal-derechista de tantos intelectuales que, sin embargo, se identificaron, con mayor o menor entusiasmo, con los Gobiernos socialdemócratas de Felipe González.
Este abandono de la izquierda ha provocado una creciente hegemonía de las ideas liberales-conservadoras, que son hoy las dominantes en periódicos, revistas de debate y ensayo, libros y otros elementos que componen la esfera pública. Los centros de agitación intelectual están hoy en la derecha. En la izquierda no extrema no hay nada parecido a un debate desde hace mucho tiempo, como atestigua la facilidad con la que se propalan en España tópicos exagerados y sin fundamento sobre el catastrófico estado de la educación, el desastre del sistema autonómico, o la cuestión de los derechos lingüísticos.
Lo más curioso del caso es que quienes han abandonado los principios progresistas exigen a los demás que recorran el mismo trayecto, de forma que si alguien se resiste se le tacha de inmediato de sectario, dogmático o vendido. El ardid es muy burdo como para pasar desapercibido y, en el fondo, resulta revelador de la incomodidad que muchos sienten cuando se les recuerda su "evolución", por llamarlo de alguna manera.
¡Qué extraños son estos nuevos liberales que se siguen creyendo progresistas!

Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.



lunes, 1 de diciembre de 2008

Tras la reflexión

Durante este fin de semana, he estado a punto de sucumbir, dando de lado, a uno de los más altos principios, del que, como ser humano y, sobre todo, como ciudadano, he gozado y, espero, seguiré gozando indefinidamente. Se trata de la importancia social y humana que tiene la participación ciudadana, desde, absolutamente, todos los frentes posibles para, con sus aportaciones, ir configurando una sociedad más libre, donde sea tenida en cuenta su voz, no sólo en los momentos de elegir representantes políticos en las instituciones públicas, sino de un modo continuo, en el día a día. Para lo cual, el ciudadano se instala ante un abanico de posibilidades que van desde su individual aportación, hasta una participación colectiva formando parte de variadas asociaciones y/o movimientos desde los cuales ejercitar su derecho de participación social.
Todo comenzó el pasado jueves. Un miembro del Foro Ciudadano de la Región de Murcia, a través de la lista que el Foro posee en Internet, hacía llegar un mensaje en el que manifestaba la conveniencia de exigir explicaciones a la Izquierda Política murciana, representada por PSOE e IU, en torno a la complicidad que ha existido a la hora de elegir al Defensor del Pueblo de la Región de Murcia, recayendo tan importante y significativo cargo en uno de los más dañinos personajes que haya dado el Partido Popular al Gobierno de nuestra Región. Y citaba, entre sus más nombrados méritos, ser el responsable primero del horrendo proyecto de Marina de Cope. Dicho mensaje, tres días después, lo que en sí mismo ya es importante, sigue generando comentarios a favor y en contra, aunque, todo hay que decirlo, son mayoría los comentarios a favor. El hecho es que, en este tránsito, uno de los primeros comentarios aportados, tal vez el que más ha contribuido a su prolongación, lo fue, después me enteré, de un militante de IU, el cual decía textualmente “No entiendo qué tipo de providencia cree ejercer el Foro Ciudadano sobre los partidos políticos como para presuponer el deber de estos de justificar sus decisiones…”.
El hecho anterior, por un lado; por otro lado, mi asistencia el sábado, 29 de noviembre, a una Asamblea Extraordinaria del PSOE de Cehegín, partido al que me afilié hará año y medio, en cuyo desarrollo, a través de las diferentes intervenciones de los militantes, se cuestionó la solvencia de gestión y de continuidad, del exsecretario general local, Juan Del Amor, aduciendo lo que dieron en llamar falta de “pedigrí”, y, por ende, de tradición familiar socialista. También se habló de la falta de “cultura de partido”. En fin, todos ellos, conceptos que no entendí entonces, ni deseo entender ahora; de tratar de entenderlos, estaríamos hablando de algo muy parecido a aquello que llaman sectarismo. Visitando la página del PSOE, he intentado buscar algún documento del que uno no tuviese conocimiento para hallar esos matices que nos convierten a los recién llegados en militantes de segunda fila. Por supuesto, nada he encontrado al respecto, y lo que he encontrado, chocaría frontalmente con esas desafortunadas descalificaciones.
Mis respetos para ambos grupos políticos; vaya por delante, como ciudadano, mi reconocimiento: uno y otro atesoran historias que jamás podrán ser manchadas por inoportunas declaraciones de sus militantes. Lo cierto y verdad es que cuando uno computa su ideología y pretende participar desde un grupo afín a ella, sabe que están ahí, que su voz será escuchada y sus propuestas valoradas, pero, jamás, uno piensa que habrá de pasar un primer filtro a través del cual se cuestione su ADN político.
Antes de terminar, y ya que he hablado de ello, deseo transmitir, públicamente, mi enhorabuena al grupo que, encabezado por José Rafael Rocamora, constituye la nueva ejecutiva local del PSOE de Cehegín, elegido en la mencionada Asamblea del pasado sábado.
Pero, las últimas palabras de este escrito, deseo dedicárselas a una persona a la que admiro. En mi opinión, desde el conocimiento humano de mis conciudadanos, se trata de una de las personas más cultas e intelectualmente más capacitada de nuestro pueblo. Desde su posicionamiento ideológico, desde su praxis: persona de izquierdas donde las haya… ¡Muchas gracias, Juan (Del Amor), por constituir uno de los referentes humanos más auténtico que conozco!

Santos López Giménez