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viernes, 29 de junio de 2012

El futuro

     Qué nos queda por hacer. Alguna vez supimos a qué jugábamos. Al margen del idealismo vitalista de cada cual, el alcance social de nuestros desvelos, ¿existió alguna vez?. Se lo fuimos poniendo en bandeja, el paradigma todavía está caliente: el gobierno actual de España lo conforman personajes funestos e indecentes que ni tan siquiera vendieron humo, no lo precisaban. Jamás un país, sus ciudadanos, fueron tan sublimes cómplices de la delincuencia institucional como lo viene siendo éste.
    
    El "sálvese quien pueda" no es de ahora, ni de ayer, es congénito en el ser humano. Los límites que demarcan nuestras vergüenzas no existieron jamás, la cuerda floja de nuestra moral no se tambalea, somos fieles adeptos de la peor acepción del "a vivir que son dos días".   
   
   Qué les queda, entonces, a nuestras dirigentes criaturas por hacer, cuando tan fácil se lo ponemos: anular, en una secuencia concéntrica, las capas sociales, para ellos no es sino un juego macabro del que, país a país, continente a continente, van obteniendo sus réditos, hasta anular el concepto de solidaridad social, articulada desde las instancias que emanan del poder del pueblo. Los veréis gesticular, aparentar preocupación, pero, sobre todo, no veréis su maestría manipuladora, es intrínsecamente imposible: si fuera posible detectarla, no estarían ocupando, ni un segundo más, las usurpadas instancias que robaron al pueblo.


(Lugares comunes, se rodó en 2002)

sábado, 28 de marzo de 2009

Confusión

Desde muy jóvenes nos inculcan, nos impregnan, de una coletilla que nos hace inmunes a cualquier atisbo que implique sentimiento de culpabilidad. ¿Culpables de qué?, se trata de competir para sobrevivir, a eso nos enseñan desde la cuna. En el fondo, obedecemos a unas pautas de comportamiento animal perfectamente diseñadas por la evolución biológica; de ahí que, aquello que denominamos "el sistema", cuando no somos capaces de focalizar responsabilidades ajenas, menos aún las propias, haya asimilado con absoluta naturalidad, nunca mejor dicho, un fenómeno evolutivo que le viene como anillo al dedo para justificar sus injustificables desmesuras y desmanes.
En este punto, he de reconocer mi confusión.
Que viene de lejos: es cierto; que sus efectos son imperceptibles hasta que se te viene encima de golpe: así parece; que demasiados profetas sacan pecho ahora porque ven cumplidos sus peores vaticinios: sin duda; que el vértigo de lo dura que se intuye la caída nos paraliza: no anda muy lejos la clave. El miedo es libre, qué duda cabe, pero el miedo apocalíptico, aquel que no proviene de la telebasura sino de la constatación diaria de lo que le sucede al vecino, de libre tiene poco. Sin embargo, todo son retazos de nuestro enriquecido mundo, sólo desde él se pueden generar sensaciones como las descritas, nuestro miedo no es un miedo a la nada, nos tememos los unos a los otros en este sálvese quien pueda. Desaforados, yo el primero, hacemos llamamientos a las movilizaciones, sin saber contra quién ni con qué compañeros de viaje. Y como el miedo aterrador que nos ocupa no deja margen a la inteligencia, cometemos la torpeza de apelar a la miseria del tercer mundo para defender nuestros privilegios. Aún así, voy a permitirme la insolencia de proclamar que es preciso salir, movilizarse, elevar la voz; mis entendederas no dan para mucho, lo justo para intuir que si ni eso hacemos, con crisis o sin crisis, el futuro seguirá en manos de los mismos desvergonzados.

Santos López Giménez