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miércoles, 3 de febrero de 2021

Yes we can (por supuesto que se puede, humanizar a nuestro planeta)

 Audio emitido hoy en Onda Cero Noroeste    (Pinchad para reproducir)


El pasado fin de semana, dos importantes medios de la prensa española, entrevistaban a Barack Obama. Escuché la entrevista que Javier Del Pino le hiciese en la SER.

En realidad, mas que una entrevista al uso, era un “vengo a hablar de mi libro”. Tanto da, al fin y al cabo, cualquier entrevista a este señor, tendrá como núcleo de la misma su condición, durante ocho años, como presidente de los EEUU. Su libro, pretende ser un compendio milimétrico de ese paso suyo por la Casa Blanca. Comenzando por el cómo llegó a ella, para seguir reflexionando sobre las muchas y novedosas experiencias que el cargo le proporcionaría. En todo caso, el libro que ahora presenta, no es sino el primer volumen de una historia que tendrá continuación en un segundo volumen.

De entre esas variadas reflexiones suyas, hay una, que destacase durante la entrevista, según la cual, la mayor controversia que hubo de confrontar con su conciencia, devino de la posibilidad, que su ruta presidencial le plasmaría, de verse obligado a firmar órdenes cuya ejecución habría de concretarse con el asesinato de seres humanos.

En el programa de radio, con Javier Del Pino, esa circunstancia, les instaló, durante unos minutos, en una sesuda y algo enmarañada fase, durante la cual, se dijo mucho, siendo un asunto del que muy poco, se puede decir.

¿Qué se puede decir al respecto, cuando el país más poderoso del mundo, al que se suele aludir como referente planetario de las libertades, por sangrantes que sean los hechos, unilateralmente, sin que ni la ONU ni ningún otro tratado internacional le respalde, acuda allí donde se le antoje, organizando todo un montaje de muerte y venganza, asesinando indiscriminadamente, aglutinando en lo que ellos llaman daños colaterales, para referirse al conjunto de seres humanos asesinados que dejan, sin que fuesen su objetivo, para acabar con la vida de un supuesto terrorista internacional?

El hecho es que, ese mal augurio suyo, le puso ante la tesitura de firmar la ejecución de Bin Laden. Si tenemos  en cuenta que, con el mismo operativo, ante las acusaciones fundadas sobre la persona a la que pretendían asesinar, pudo ser detenido y ajusticiado ante la Corte Penal Internacional de la Haya.

Dice Obama en su libro, refiriéndose a la mencionada operación para asesinar a Bin Laden: “La primera y la única vez en mi presidencia que no necesitamos venderle a la gente lo que habíamos hecho: no tuvimos que defendernos de ataques republicanos ni responder a acusaciones…”

 Un mundo en el que sucede lo relatado, en el que las voces en su contra, a nivel de los Estados planetarios, a nivel de la ciudadanía mundial, es nula, que además otorga el premio nobel de la paz a la persona que ejecuta, con su firma,  tales acciones, no es el mundo al que, como seres humanos, deberíamos aspirar. Esa sí que es una gran afrenta global, afrenta que nos despoja y aniquila como seres humanos.


Santos López Giménez



lunes, 21 de marzo de 2011

A propósito de Libia

Parece lógico pensar que sea la información la que gestione nuestros estados de opinión. Ésta, la información, nos llega imbricándose en el entramado de nuestros ideales. De esa imbricación, se derivan nuestras opiniones. A menudo, las asperezas son escasas: inapreciables rugosidades, incapaces de desviar nuestra atención, se manifiestan a duras penas, nada que obstaculice nuestras ponderadas y equidistantes opiniones de ciudadanos políticamente correctos. Es fácil tener a mano latiguillos del tipo "si no hubiese petróleo la comunidad internacional no haría ni caso", y, al igual que el burro que hizo sonar una flauta, muchas veces la frase se concreta. La historia reciente de nuestro planeta nos ofrece un ramillete de ejemplos que hacen buena semejante aseveración. Tal vez, todo se deba a una cuestión de focalización mediática, que, obviamente, por defender las voces de sus amos, pone especial énfasis allí donde más les duele tanto a sus amos como a los propios medios, como a aquellos que, parapetados tras sus fantasmales disfraces de gente de bien, chorreando hipocresía a espuertas, poco les cuesta adocenar sus opacas conciencias soltando la frase de marras y mirando para otra parte. Las mismas buenas gentes que, como quien se aprendía la lista de reyes godos, cacarean sin pestañear, cuando alardean de demócratas, una retahila de supuestos dictadores, en la cual pueden faltar inmundos y sanguinarios personajes de países insignificantes, en los esquemas de asquerosas estratagemas económicas, pero, donde nunca falta Fidel Castro, y en la que, en los últimos tiempos, incluyen a Chávez o Evo Morales.

Sea como fuere, el genocidio en Libia se estaba consumando, las consecuencias de la intervención militar internacional las desconocemos, el riesgo de un enquistamiento de sangre y dolor se está corriendo, a pesar de todo, en mi opinión, a estas alturas, ese riesgo era preciso correrlo. Sin embargo, las declaraciones que, como quien no quiere la cosa, ha dejado caer hoy Obama, invitando a "seguir buscando la independencia del pueblo cubano"‎, son bastante inquietantes: se pudiera estar larvando un tótum revolútum, que deje abierta la puerta del todo vale, donde, al margen del alcance real de violencia y genocidio, que mueva a intervenir a la comunidad internacional en defensa de la población civil, la línea roja divisoria se establezca desde el corazón del poder económico y militar del planeta.

Santos López Giménez


                                                      El Noroeste, 26 marzo 2011

sábado, 6 de noviembre de 2010

Reflexión en la víspera de una indeseable visita

Declaraba Barack Obama, a raíz de los últimos resultados electorales en Estados Unidos, que la clave de la derrota Demócrata radicaba en que habían olvidado a la clase media norteamericana. En esa declaración, no mencionaba la universalización del sistema de salud de Norteamérica, ni los esfuerzos gubernamentales en la puesta en marcha de programas sociales, todo ello en beneficio de las clases más necesitadas. El sucinto panorama reflejado, me lleva a plantearme dos incógnitas: por un lado, ¿la fuerza ideológica es realmente importante en el Obama que creíamos conocer?, de otra parte, ¿la población, la ciudadanía, no sólo la norteamericana, qué entiende por solidaridad?.
Analistas políticos de todo el planeta vienen elucubrando en torno a la citada derrota; los resultados, casi siempre, suelen tener un denominador común, suelen coincidir en la necesidad de que Obama y su Gobierno han de dar un giro a un espacio inexistente, el centro, lugar común del ideario de la derecha mundial, cuando se trata de reconducir a veleidosos ciudadanos de la mencionada clase media.
El Gobierno español, con su presidente a la cabeza, hace algún tiempo que entendió que ese lugar común, inexistente, pero muy socorrido cuando las ideas brillan por su ausencia, habría de convertirse en su refugio desde el que tratar de capear el negro chaparrón electoral, que, según las encuestas, se le viene encima.
En el tránsito que acabo de realizar, de Estados Unidos a España, de Obama a Zapatero, creo hallar algunas de las claves de las incógnitas planteadas. La fuerza ideológica se queda en mantillas cuando el electoralismo sale a relucir. En cuanto a la percepción de conceptos, como el de solidaridad, la deriva sociológica mundial hace tiempo que los aparcó habiendo quedado desvirtuados por una elemental falta de algo tan saludable como es la pedagogía social, cuya ejecución ha de realizarse por aquellas personas cuya ascendencia, intelectual y/o política, sea lo suficientemente importante como para hacer llegar mensajes a la ciudadanía que contribuyan a un incremento del civismo, que a su vez genere una cultura solidaria que no apele a la misericordia sino a la plasmación de programas sociales en beneficio de los más necesitados miembros de nuestra sociedad; lo cual, obviamente, precisa de la comprensión de esas clases medias a las que, según Obama, había defraudado.
Sin embargo, ocurre que, desde las propias filas, desde la militancia de base, del partido que da cobertura al Gobierno español, me llegan ecos en el sentido de que no es bueno tratar de difundir mensaje alguno, a la ciudadanía, porque entre adultos no precisamos que se invada nuestra libertad en la búsqueda de información. De ser así, no hubiese sido necesario emplear tanto tiempo en difundir algo tan elemental como el derecho de nuestros conciudadanos para dar digna sepultura a sus familiares, víctimas del genocidio franquista; sin considerar que, de todo ese tiempo, hubo un lapsus enorme, de casi veinte años, durante el cual ni se hablaba del asunto.
Pero, con todo, donde acabamos de tocar fondo, en relación con el Gobierno de España, es en la suspensión de los trámites parlamentarios de la Ley de Libertad Religiosa, o lo que es lo mismo, la suspensión, sine die, de la laicidad de nuestro país. Es el colmo de los despropósitos, una bofetada más para las minorías, y un insulto a la inteligencia de todos, incluida la supuesta mayoría católica.
Tengo la militancia política, de dos años para acá, en el PSOE; anhelo, desde hace más de treinta años, que el país donde vivo, y que me vio nacer, deje de ser una marioneta de la jerarquía eclesiástica; que nuestros sucesivos gobiernos, no tuviesen que claudicar, año tras año, a los caprichos de una entidad privada que condiciona al conjunto de la sociedad española; que el aporte económico del Estado, para esa entidad privada, no constituyese una sangría, ni un agravio, frente al resto de asociaciones o entidades de toda índole social; he anhelado el fin de tantas circunstancias, derivadas del carácter confesional de nuestro Estado, que, a día de hoy, me planteo, muy seriamente, si merece la pena seguir militando en un partido, como el PSOE, que volverá a consentir, perpetuando, la indignidad histórica de dar continuidad al carácter confesional, oficioso, de España.
Santos López Giménez


sábado, 2 de enero de 2010

El macabro vodevil de Copenhague

Con esta primera entrada del año, os deseo lo mejor para 2010. No obstante, empieza como acabó 2009, con expectativas poco gratificantes. Deseaba seguir afrontando este asunto, pero, José Vidal-Beneyto, hoy en El País, lo hace claro, conciso e incisivo; quién mejor que él para llevar a cabo la exposición deseada:




A Juan López de Uralde, honor de la sociedad civil

López de Uralde sigue preso por escribir en una pancarta: "Los políticos hablan, los líderes actúan"

La literatura ha invadido todos los ámbitos de la comunicación, sobre todo de la escrita, y ha impuesto sus valores, sus pautas, sus modos y sus gentes. A la literaturización del pensamiento, hoy ya culminada, ha seguido esta apoteosis literaria de los medios de comunicación, que otorga a los literatos los mayores loores y los mejores espacios y consagra la autocalificación de escritor, que es la que más abunda hoy en los diarios, como signo de demarcación de la excelencia, como razón de pertenencia a la tribu de los elegidos. Los periodistas propiamente dichos quedan reducidos a la condición de curritos, de correveidiles de la noticia, por no hablar de los expertos, sobre todo de los científicos sociales, obstinados mendicantes de un hueco en el que colar sus análisis y reflexiones. Para profundizar esta perspectiva ver: Oskar Negt y Alexander Kluge, Öffentlichkeit und Erfahrung (Suhrkamp, 1972) y Serge Halimi, Les nouveaux chiens de garde (Liber-Raisons d'agir, 1997).

El escritor, en cambio, dispone de todas las oportunidades para que, ignorando el saber acumulado sobre la mayoría de los grandes problemas y cuestiones, se lance a cuerpo limpio a la presentación de sus más banales ocurrencias, eso sí, con la brillantez que le confiere su consabida destreza retórica. Es posible que algún literato nos objete que la casi totalidad del patrimonio de conocimientos sociológicos, políticos, económicos, históricos y psicológicos, en particular los primeros, de que disponemos, se caracterizan por su pretensión cientifista, que en definitiva es mostrenco academicismo, lo que los hace absolutamente irrelevantes (vid Jürgen Ritsert, Inhaltsanalyse und Ideologiekritik, 1972, sobre todo el cap. 4), es decir, inutilizables, para adentrarnos en el conocimiento de la realidad. En lo que quizá no les falte razón, pero frente a ello sólo nos queda el machadiano "hacer camino al andar".

En cualquier caso, si hubiésemos tenido en cuenta las enseñanzas de la geopolítica -el reader de Le Monde Diplomatique, "Geopolítica del caos", 1992, con un sabroso prólogo de Ignacio Ramonet, podía haber sido una excelente introducción- así como el saber sobre los siniestros juegos de poder, no habríamos errado tanto, a propósito de Copenhague, ni en cuanto a nuestras esperanzas, ni en cuanto a sus frustraciones. Pues es bien sabido que las dos armas de poder son la fuerza y la violencia, pero adobadas por la manipulación y la mentira. Respecto de ésta, poco se ha dicho más cabal que las reglas de uso que nos proponía Jonathan Swift en 1712 en su panfleto The Art of Political Lying. Por lo que se refiere a la fuerza, el Prof. W. J. M. Mackenzie nos ofrece en Power, Violence, Decision (Penguin, 1975), uno de los más agudos análisis sobre la violencia en los procesos de decisión. Si lo hubiéramos tenido en cuenta no habríamos esperado nada de ese folclórico contubernio de casi 200 jefes de Estado pugnando por ver quién se apuntaba más tantos, diciéndola más gorda.

Hace 17 años que en la Cumbre de la Tierra, en Río de Janeiro, nos comprometimos a reducir los gases de efecto invernadero, responsable principal del aumento de la temperatura en la Tierra. Pero las cosas, con la sola excepción del Protocolo de Kioto, han ido a peor. Por cierto, que se necesitaron cinco años para superar la oposición de los Estados Unidos, el mayor contaminador del mundo, que, empujado por su presidente Bush, se opuso ferozmente a su entrada en vigor. Dado que el primer periodo del Protocolo terminaba en el 2012, se esperaba y se quiso que Copenhague sirviera para darle continuidad y para incorporar a los países emergentes de mayor capacidad contaminadora, en especial China, que es hoy, después de EE UU, el principal productor de gases contaminantes. Pero, una vez más, esta prometedora esperanza se ha quedado en pura exultación retórica, y después del fracaso total de la última Cumbre, en 2011 habremos superado los 550 ppm, con lo que el aumento de la temperatura media del planeta será ineluctable. Muchos esperábamos que Copenhague, dada la extraordinaria importancia de la apuesta, produjera un compromiso de reducción de las emisiones y fijara las medidas para lograrlo. Pero Estados Unidos, dominado por consideraciones políticas internas, por motivaciones económicas a corto plazo y por penosas ambiciones de poder global, de las que su rivalidad actual con China es sólo una significativa muestra, ha decidido que no fuese así. Su penosa espantada después de haber anunciado una victoria pírrica antes de que concluyera la Cumbre, ha sido una de las más lamentables en este tipo de reuniones y oscurece la brillante ejecutoria de Obama en la política mundial. Ahora sólo le queda la inevitable remisión a lo que determine el Senado de los Estados Unidos, cuya decisión, después de haber mirado hacia otro lado durante 15 años cuando se ha tratado de ratificar la Convención del Cambio Climático, no puede ser más inquietante. Ni más humillante para los 191 Estados de Copenhague, sometidos al humor de los congresistas norteamericanos y a los cálculos políticos de dicho país.

Con todo, lo más repugnante son las "generosidades" de la Cumbre al ofrecer 10.000 millones de dólares, como ayuda total y, por una vez, para resolver el problema del calentamiento, frente a los 3.000 millones diarios en gastos de defensa y los 820.000 millones de rescue que Norteamérica destina cada año para rescatar la deuda bancaria. Por no hablar del ignominioso tratamiento que Copenhague reservó a la sociedad civil mundial, al acreditar en un primer momento a 46.000 personas, que se redujeron después a 21.000, de las cuales sólo se permitió que apenas 300 entrasen en la Conferencia. Ni los entusiastas militantes de base, ni siquiera los líderes de las grandes organizaciones ecologistas -Greenpeace, WWF International, Amigos de la Tierra, Intermón Oxfam, etc.- pudieron acceder al Bella Center. Todos, acreditados o no, a la calle, a sufrir nieve, lluvia y frío y, sobre todo, "a no perturbar". De lo contrario, atenerse a las consecuencias. Juan López de Uralde, presidente de Greenpeace-España, y que es hoy emblema de nuestra dignidad, a quien se dedica este artículo, sigue encerrado en su prisión de Copenhague, desde el inicio del conclave. Las autoridades danesas, incluyendo su Familia Real, han considerado extraordinariamente peligrosa el arma de que se sirvió para llamar la atención de los jefes de Estado: una pancarta, desplegada sobre la alfombra roja del salón en que estaban reunidos, en la que se podía leer: "Los políticos hablan, los líderes actúan". No hacía falta más para que se considerase a quien la exhibía como un peligroso perturbador, un terrorista.

Y ahora, comprobada la desidia y la impotencia de los Estados, la venalidad de los políticos y la incapacidad de sus partidos, nuestra única fuerza son los militantes de la sociedad civil. En ellos hemos de apoyarnos, pues para construir un poder mundial en el marco de Naciones Unidas o en otro contexto menos adulterado -ver a este propósito Jean-Claude Guillebaud, La refondation du monde- y dotarlo de un marco jurídico-judicial que, en línea con los trabajos de Mireille Delmas Marty -Trois Défis pour un Droit Mondial (Seuil, 1998) y Vers un Droit Commun de l'Humanité (Textuel, 1996)- lo provea de legitimidad y le confiera vigencia indiscutida con capacidad de obligar. Objetivo de difícil logro, quizás utópico, pero siempre las cosas más importantes han sido del orden de las utopías necesarias.

José Vidal-Beneyto es director del Colegio Miguel Servet de París y presidente de la Fundación Amela.