El 25 de mayo de 2008 echó a andar este blog. Por aquel entonces, los anónimos, sempiternos, impertérritos, insultando y soltando bulos por doquier, abundaban. Es por ello que el texto, que sigue apareciendo en este frontispicio, lo haya hecho durante tanto tiempo, y ahí seguirá: "Opiniones e inquietudes personales, con un trasfondo social impregnando su contenido.
Espacio abierto,
utilízalo, es tuyo. Haz valer tu dignidad, expresa tu sentir, huye del anonimato".
Lo hago para decirle que, son
20 ya los años que han transcurrido desde aquella noche en la que, como
queriendo quitar importancia también a ello, decidiste que la médico que acudió
a visitarte estableciese la fecha concreta de tu partida. Sin ruido, con el
sigilo propio de quién caminó por la vida abrazando a la humildad, conociendo y
sabiendo bien donde pisabas, así fue, una vez más, la discreta manera mediante
la cual tomaste el resquicio que dejaban el 24 y 25 de mayo de 2002 para
ausentarte.
Tras aquella
noche, en pocos días, te escribí dos veces, de la segunda, con el permiso de
Julio, nuestro anfitrión, quisiera leértela ahora. Y es que, sabes qué pasa,
que andamos preocupados, una vez más, con la manía que les ha dado a unos
cuántos de aquellos que no respetan el Medio Natural, ni mucho menos al ser
humano, y volvemos a tener la amenaza de que una parte importante de nuestro
territorio sea agredida, destrozada, generando restos que envenenarían a las
personas, todo ello, en el entorno de uno de esos paisajes de la memoria que la
infancia a tu lado me dejó, en este caso, te hablo de las Minas de Gilico.
Déjame recordarte, mediante esa lectura de la que te hablaba, qué otros
paisajes me mostraste. Se trata de una carta que me publicasen en prensa
escrita, en concreto, en el diario La Opinión, el 1 de junio de 2002. Decía
así:
Nacimos en un lugar
donde las masas elevan a los ineptos
a la categoría de héroes. (Charles Bukowski)
Imagino que habéis escuchado el concepto clientelismo,
refiriéndose a la red humana que determinados grupos políticos generan en su
entorno de poder, cuando lo ostentan, y cuyo entramado es tan tupido que
desentramar es tarea de una endiablada dificultad.
Dicho así, no parece que deba
alarmarnos su peligrosidad, ocurre que su peligro deviene del modo mediante el
cual se va tejiendo en el tiempo. Perverso mecanismo en el que una infame y
manchada cadena de favores constituye la materia que da forma a esa tupida red.
De un tiempo a esta parte, con el
comodín del populismo, se ha tratado de denostar a posiciones sociales,
llevadas a la política, cuya raíz cumplió 7 años hace 3 días. Ese concepto,
populismo, tiene tantas acepciones como intenciones tenga el interlocutor de turno.
Lo cierto y verdad es que, gracias a
él, las tramas fuertemente enmalladas, han generado épocas de excesiva
delincuencia por parte de aquellas y aquellos que obraban su papel de maestros
de ceremonias. Y lo más gracioso, lo curioso, lo paradójico, es el cómo los
integrantes de la malla, de la tupida malla populista, como si de guardianes a
tiempo completo de sus amos se tratasen, defienden sus posiciones incluso sin
saber qué les mueve ni el contenido real de su defensa.
La sumisión es su seña de identidad, no
en vano, el clientelismo, se encarga de colocar a buen recaudo la zanahoria
para que los palos puedan golpear con toda la fuerza que a los cafres les viene
en gana. Garantizada la no reacción, se aseguran la respuesta popular a su
favor, y de semejante guisa uno puede escuchar, a vuela pluma, a siervos del
entramado defendiendo posiciones que, objetivamente, no habría forma de
sostener.
Así las cosas, cuesta horrores generar
corrientes contrarias al deterioro medioambiental, dado que la máxima del
desarrollo económico desaforado prima frente a la conservación de los espacios
naturales que habría de ser la única herramienta con la que el ser humano
cuenta para garantizar, no solo su salud, sino la del medio natural, otorgando
la posibilidad de futuro para la Humanidad.
Aburre, cansa, atisbar que el futuro es
una entelequia que no nos pertenece, lo tienen secuestrado y en tu nombre, en
el de todas y todos, se le hipoteca con andanadas de falsa prosperidad.
Cehegín, la comarca en su conjunto, la
región por añadidura, verá, si la ciudadanía no somos capaces de remediarlo,
como la muerte discurrirá por el cauce de una de las dos vías fluviales que lo
bañan, la que el río Quípar representa, y su manto de muerte y desolación
fluirá hasta la principal vía regional, la del Segura. Todo ello, bajo el
auspicio de individuos e individuas a quienes tu salud y tu futuro les importa
nada, y que no les temblará la mano para firmar el comienzo del desagüe de la
mina que arrastrará ingentes cantidades de metales pesados generando ese drama
natural y humano.
Gritemos muy alto, no a la apertura de
la mina a cielo abierto de Gilico, no en mi nombre. Hay que parar esa agresión
mortal contra los seres vivos que poblamos un espacio que nos pertenece. Si te
importan el futuro de tu gente, el de tu tierra, si tu futuro merece la pena
preservarlo de la codicia económica que arrasará nuestro espacio vital,
obligados estamos a pelearlo con uñas y dientes.
La idea de que el crecimiento económico ha de
ser infinito y por ende jamás controlable y siempre deseable, ha tocado a su
fin. Sin embargo, la Humanidad, parece no tomar conciencia: ni la agredida
permanentemente por una inercia endemoniada que nos está conduciendo al más
trágico final que imaginar podamos,ni,
por supuesto, la acomodada, esa que siempre tuvo claro que se precisaban ricos
y pobres para mantener un equilibrio del que ella siempre salió indemne.
En estas estamos cuando se me
cruzan ideas nada recomendables sobre el cómo percibe la población mensajes de
esta índole, y lo hacen a modo de cuñas que sin pedir permiso interfieren en mi
mente. En esa virtual realidad que las cuñas me generan, sigue uno sin
vislumbrar esperanza alguna de futuro.
Frente al crecimiento continuado,
surgió la teoría del Decrecimiento. Hace mucho ya de ello, nos remontamos a los
años 70 del siglo pasado, momento en el que diferentes
economistas y teóricos, con independencia del signo político de su sociedad de
procedencia, les condujo a admitir que, al aumentar la producción de bienes y
servicios, era forzoso que se incrementase también el consumo de recursos
naturales, lo cual derivó en la corriente
contraria: el Decrecimiento. Y lo hizo sobre bases que deberían de ser
incuestionables si de la Ciencia hemos de echar mano para justificarlo. Un
análisis somero de la realidad planetaria, nos confronta a una idea,
cuantificada y temporal, según la cual en cuestión de una década las
necesidades consumistas de nuestra aldea global precisarían de dos planetas
como el nuestro para disponer de las materias primas necesarias para ello. Y de
tres, si nos vamos a 20 años vista. La correlación, siendo disparatada, es el
producto de estudios científicos que la avalan.
En este punto, entra en juego el
papel individual, y la repercusión global, de cada persona mediante sus hábitos
y gestos domésticos. Es ahí donde el colapso de la idea se concreta, sin ser,
en realidad, el resorte que nos conducirá al colapso planetario. Entre lo uno y
lo otro, entre la supuesta responsabilidad del individuo, frente a la de
gobiernos y grandes empresas, nuestro aporte individual se diluye dejándonos en
un terreno de nadie ante ese infausto futuro. Sin embargo, esa dilución no es
sino el producto de la negligente actuación del poder político que durante
décadas ha maniobrado en el sentido de dejar bajo mínimos la influencia de la
Educación. Nada casual, maniobras encaminadas a limpiar el camino para que,
siendo, como somos, los actores que sostenemos el gran teatro de la vida humana
sobre el planeta, a su vez, nuestra capacidad de decisión sobre el futuro esté
secuestrada tanto en lo ideológico como en lo consumista.
La teoría del Decrecimiento,
sería la única forma de que la Humanidad tuviese un resquicio de esperanza, sin
embargo, si la inercia establecida sigue al son pendular del capital, se
convertirá en un teórico planteamiento que gozará del triste privilegio de
haber sido el último intento sensato e inteligente, de frenar el colapso
planetario.
Somos individuos, vivimos en
sociedad, de nuestra aportación individual, esta, la sociedad, tendrá mayor o
menor importancia, más o menos fuerza, para revertir los imparables procesos
destructivos del capital: ayer fueron el Mar Menor, la Bahía de Portman, y
tantas y tantas otras afrentas que viene sufriendo nuestra denostada y
vapuleada región; hoy es Gilico, hoy es el Noroeste murciano, si hemos de
luchar frente al colapso planetario, comencemos por hacerlo frente al que los
verdugos de la empresa Magnetitas de Cehegín (adláterey títere de una empresa canadiense, a quienes
importa un bledo nuestra comarca y nuestro futuro), así como el Ayuntamiento de
Cehegín y el gobierno regional de Murcia, amenazan con hacerlo efectivo,
poniendo en marcha una masiva contaminación con metales pesados, de nuestros
campos, de nuestras aguas, según anuncian a bombo y platillo, en menos de seis
meses.
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