El buen hombre, cargado de razones, sus razones, esas razones envenenadas que copia de sus manantiales de odio y fango, me retaba para que fuese uno quien decidiese a quienes habría de eliminar de mi lista de contactos en virtud de su afinidad ideológica y electoral. No era baladí, ni mucho menos ahora, algunos días después, cuando, en apariencia nada ha cambiado pero los referentes se han significado hasta hacer reconocibles, más que nunca, las malas babas y el visceral odio intrínseco de una ciudadanía a la que le hacen falta argumentos negativos, ni pocos ni muchos, menos de cero, para apuntarse al carro del odio.
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Estado sobre el asesinato de Federico García Lorca
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