jueves, 6 de enero de 2011

Punto y seguido

La entrada que precede a la que ahora introduzco merecía un complemento, de ahí que el artículo que hoy publica Juan José Tamayo en El País sea el más acertado.
Maltrato en los matrimonios católicos
Monseñor Reig Plá, obispo de Alcalá y presidente de la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española, ha declarado recientemente que "los matrimonios canónicamente constituidos son menos dados a la violencia doméstica que aquellos que son parejas de hecho", y que la violencia de género tiene lugar sobre todo en procesos de divorcio o de separación. Considera lamentable, además, que haya tantas iniciativas legislativas que no protegen la familia y, contra toda lógica ética y jurídica, llega a aseverar que la ley de divorcio exprés se ha convertido en "una ley de repudio" y "es un paso más en la disolución de la familia".
Ubicándome en el mismo escenario que monseñor Reig Plá, mi tesis es la contraria: en los matrimonios católicos hay una mayor propensión a la violencia de género que en las parejas de hecho precisamente por la pervivencia, en aquellos, de la estructura patriarcal y por la imposición de la indisolubilidad, que, a la larga, se convierten en fuente de maltrato hacia las mujeres y los hijos. Intentaré demostrarlo apoyándome en algunos textos de la Biblia cristiana.
"La mujer, que oiga la instrucción en silencio, con toda sumisión. No permito que la mujer enseñe ni que domine al hombre. Que se mantenga en silencio porque Adán fue formado primero y Eva en segundo lugar. Y el engañado no fue Adán, sino la mujer que, seducida, incurrió en la transgresión... Con todo se salvará por su maternidad". El texto pertenece a la 1ª Carta a Timoteo -libro canónico del Nuevo Testamento-, para quien el recato, el silencio, la sumisión al varón son las virtudes que han de adornar a las mujeres y la procreación es su destino.
La 1ª Carta a los Corintios recurre a un razonamiento similar para justificar la superioridad del varón sobre la mujer: Dios es la cabeza de Cristo, Cristo es la cabeza de la Iglesia y el varón es la cabeza de la mujer. A partir de aquí, el autor de la Carta da instrucciones precisas sobre el comportamiento de las mujeres en la asamblea cristiana: se les prohíbe profetizar; a la hora de rezar, deben cubrirse la cabeza. Si no lo hacen, deben cortarse el pelo al rape. ¿Y el varón? No debe cubrirse la cabeza ya que "es imagen de la gloria de Dios" y "no procede el varón de la mujer, sino la mujer del varón, ni fue creado el varón por razón de la mujer, sino la mujer por razón del varón". Con este razonamiento se da por cerrada la discusión: "De todos modos, si alguien quiere discutir, no es nuestra costumbre ni la de la Iglesia de Dios" (1 Cor 11,16).
Se puede decir más alto, pero no más claro. Es Dios mismo quien impone a la mujer el uso del velo como signo "de sujeción".
Similar ideología discriminatoria de la mujer defiende la Carta a los Efesios: "Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo: las mujeres a sus maridos, como al Señor, porque el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, el Salvador del cuerpo. Como la Iglesia está sometida a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo" (Efesios 5,21-24).
En los tres casos se trata de textos inspirados en los códigos romanos de familia, que establecían la dependencia de los miembros de familia del varón y que, en buena lógica, no pertenecen a la revelación. Sin embargo, al incorporarse a la Biblia cristiana adquieren carácter canónico y se convierten en imperativos en la vida de la familia cristiana.
Con la intención de privar a los textos citados y a otros similares de carácter imperativo se dirá que pertenecen al pasado y que carecen de vigencia hoy. Nada más lejos de la realidad. Siguen proclamándose públicamente en las celebraciones católicas, y muy especialmente en los matrimonios canónicos a los que se refiere monseñor Reig Plá.
Hace unos años yo mismo fui testigo de la lectura del último de los textos en la boda de un familiar muy cercano, tras la cual el lector dijo "Palabra de Dios", a lo que la asamblea respondió al unísono "Te alabamos, Señor". Siguen considerándose textos revelados y, por ende, normativos en la vida diaria de no pocos matrimonios católicos. ¿No es eso incitar a la violencia contra las mujeres, si no se comportan sumisamente?
Hay, con todo, un contrapunto: la Carta a los Gálatas, que se opone a todo tipo de discriminación: social, étnica, religiosa, cultural, y de género: "Todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús... Ya no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo Jesús" (Gálatas 3,26-28). Bloch definía este texto como "la primera internacional de la igualdad". Yo creo que se encuentra en plena sintonía con las leyes de igualdad de género y con los movimientos de emancipación de la mujer.

Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de Religión, género y violencia (Sevilla, 2010).

http://www.elpais.com/articulo/opinion/Maltrato/matrimonios/catolicos/elpepuopi/20110106elpepiopi_5/Tes
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