miércoles, 29 de julio de 2015

Un ‘cowboy’ sin vacas

                          Manuel Rivas es el autor de un artículo cuyo título encabeza esta entrada. De su contenido, doy cuenta al final de la misma. En principio, os dejo las impresiones que, sobre el asunto tratado, uno ha escrito.

                          No son demócratas, nunca lo fueron, sólo saben utilizar aquello que la sociedad les proporciona para dar carta de legalidad a sus intenciones. Buscan los resortes que faciliten el libre campar de sus intereses. Los países emergentes, es lo que tienen, se infectan de malnacidos seres humanos que, al amparo de un desarrollo inusitado, encuentran el perfecto caldo de cultivo en el devenir de su egoísmo, en el afán inconfundible de su irreductible intención de acumular y amasar riquezas por encima de la gran mayoría ciudadana, sin la que jamás serían nadie, a la que utilizan y manipulan sin despeinarse.

                          La mal llamada transición, hasta llegados los noventa, supusieron el arranque de sus planes. Por entonces, los energúmenos se alistaron en las filas del PSOE, era el partido de moda y por ende el partido de las oportunidades para sinvergüenzas. La Derecha, económica y política, en aquel momento, sin organización sólida que les amparase, tampoco precisaba de amparo alguno puesto que su poder omnímodo era inquebrantable, vivía ajena a la evolución de la sociedad española, sólo preocupada porque no se erosionasen ni un ápice sus privilegios, esperaba mejores momentos para recuperar su protagonismo. En cuanto que atisbaron debilidades iniciaron su contraataque con una batería de malas tretas, y las ratas dadas a medrar, se alistaron en las filas del futuro grupo mafioso que iba a ocupar las instancias políticas de nuestro país en las siguientes más de dos décadas.

                         Cuando les han venido mal dadas, cuando la sociedad ha comenzado a captar la historia y las intenciones de esa banda delincuente, han interpretado el momento echando mano de una bastarda legalidad que han modificado, por enésima vez, velando por sus intereses.

                        Qué precisaban para atar bien atado su tinglado, lo de siempre: leyes restrictivas, de corte fascista, que les confirieran la inmunidad que requerían para concretar sus delitos. Aprovechando la patraña de unos resultados electorales obtenidos bajo la capa del miedo, de cuyo uso son maestros, han gestado una ley, cargada de argumentos en los que sigue siendo el miedo el dueño absoluto de su modus operandi.

                      Una vez puestos en marcha los resortes de su ley, qué ocurre: que a ellos no les preocupa, nada en absoluto, el devenir de la misma; que unos brazos de la ley, encarnados por los agentes de orden público, han de interpretar lo que esos personajes les han dictado, y que estos brazos de la ley, poco dados a la interpretación lógica, inteligente y humana de la misma, en su aplicación, se ven envueltos en kafkianas situaciones de las que, salvo que en frío la bajeza moral de la ley no se les presente a modo de bochorno y vergüenza, les llevará a sacar pecho y creer estar ante el paroxismo de su profesión.

Santos López Giménez

pd: Os dejo el artículo de Manuel Rivas, comentado al principio de esta entrada, publicado el 17 de julio de 2015 en El País Semanal:

Una ordenanza de Blythe, condado de Riverside, en California, establece que una persona debe ser propietaria de al menos dos vacas para poder exhibir botas de cowboy en público. Esta norma figura como ejemplo en muchos catálogos de leyes estúpidas o absurdas. A mí me parece que tal ley tiene una cierta coherencia interna, como los poemas surrealistas o una greguería de Ramón Gómez de la Serna: “Si vais a la felicidad, llevad sombrilla”. O como el más extraordinario microrrelato de serie negra, el que figura en Crímenes ejemplares, de Max Aub, que dice en toda su extensión: “Lo maté porque era de Vinaroz”.
En la ley californiana, además de coherencia interna, hay una cierta voluntad de estilo popular. Podría ser motivo de un debate apasionado: “¿Tiene derecho un tipo que en la vida tuvo trato con una vaca a llevar sombrero y botas de cowboy?”. La ordenanza, en todo caso, es una curiosa ficción jurídica inaplicable, siempre que elsheriff no haya sido antes ministro del Interior en España. Que se sepa, la policía nunca ha desalojado un club de música country para identificar a los presuntos cowboys y exigirles los correspondientes certificados de propiedad vacuna.
En España hay mucha voluntad de estilo popular, ejercida con especial precisión para bautizar leyes que tratan de la seguridad
En España también hay mucha voluntad de estilo popular, ejercida con especial precisión para bautizar leyes que tratan de la seguridad. Así, de la ley de la patada en la puerta hemos pasado a la ley mordaza, lo que demuestra una vez más que la cultura de la Transición, además de modélica, ha sido muy fructífera en la producción de eufemismos y disfemismos. Son demasiados años, siglos, en el potro de la tortura histórica, y la memoria tiene esa prevención de identificar el autoritarismo de la autoridad.
Hay cuestiones de mucho fondo, abismales, en la ley de seguridadque se dirimirán en el Tribunal Constitucional y también en el de Derechos Humanos de la ONU. Pero hay algunas otras que deberían ser revisadas por lo que queda de la Internacional Surrealista y elsheriff de Blythe: aquí hay un cowboy sin vacas. La histórica ley que nos va a hacer peligrosamente seguros contempla, por ejemplo,sanciones de hasta 600 euros por “deslucir el mobiliario urbano”. No se trata, en este caso, de combatir el vandalismo, con la destrucción o ruptura de bienes públicos. Es una sanción estética. Un pronunciamiento artístico. Una performance policial.
La autoridad lingüística, el DRAE, define así deslucir: “Quitar la gracia, atractivo o lustre a algo”. ¿Qué relación tiene el “quitar la gracia” al mobiliario urbano con la seguridad ciudadana? Los grupos humanitarios más activos, como Cáritas, consideran que se trata de una norma incluida adrede para expulsar a la gente sin casa de los bancos de jardines y plazas. Privar de un asiento público a los pobres, a los vagabundos, a los destartalados por la vida, o simplemente a quienes tengan un aspecto que el agente de turno, ejerciendo de comisario artístico, o de dictador del gusto, decida que esa presencia “desluce” el lugar de descanso.
¿Qué cráneo privilegiado introdujo esa disposición? ¿Quién será el lúcido que medirá el deslucir? ¿Llevarán los agentes un manual de deslucimiento? Hay mobiliario urbano, mucho, que es un deslucimiento en sí mismo. Solo su visión convertiría a Walter Gropius, el genio de la Bauhaus, cuna del diseño, en un vándalo justiciero. En ese mobiliario, tan costoso como incómodo y estéticamente miserable, lo único bello, lo único sublime, lo único que merece la pena es esa anciana que lleva consigo todo lo que tiene y que, por un momento, como una reina, hace útil, le da lustre, a ese desastre de banco de descanso diseñado para hacer imposible el descanso.
Alguien debería explicarle al ministro de Interior que un banco donde sentarse o echar un sueño es la única patria que tiene mucha gente
Cuentan que este ministro del Interior es un hombre de fe, de firmes creencias religiosas. Si no lo sabe, alguien debería explicarle que un banco donde sentarse o echar un sueño es la única patria que tiene mucha gente. No lo desluce. Ese banco es como el barco de los argonautas de Jasón: madera que habla.
¿Deslucimiento? Bien pensado, creo que la ley debería ampliarse. Extenderse a todos los ámbitos de la vida pública. Elevar las multas por “deslucir”. Sancionar a los que deslucen la urbe entera, la comunidad, la nación, la patria, la humanidad, el medio ambiente. A los que deslucen las leyes democráticas, llenándolas de zonas oscuras.
Cuando el ministro ha tratado de justificar la ley mordaza, me he acordado de la respuesta que dio Lyndon Johnson a un periodista que le reprochó: “Está usted intentando salvar la cara”. Y el presidente Johnson respondió: “No estoy intentando salvar la cara. Estoy intentando salvar el culo”. Eso sí que es lucirse.
elpaissemanal@elpais.es


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