sábado, 9 de marzo de 2024

De inmadurez e ingenuidad

 Hombre de dios, la madurez hay que labrarla, debemos darle forma a diario, ni puedes ni debes dejarte arrastrar por los perversos y nocivos efectos que acarrea la inmadurez..., fin de la cita, que diría un snob de serie. 

Por tanto, hablar de ella, según criterio de maduros seres humanos, de aquellos que a diario te encuentras en tu medio, en sí mismo, denota inmadurez: la madurez conlleva no referirse a ella, es como hablar de dinero, está mal visto.

Con lo cual, si uno ahora está refiriendo semejante concepto, la auto-delación está cantada. Abierta esa primera línea, solo nos queda referir los hechos que se esconden tras de esa retahíla.

Me piden que haga una breve reseña sobre una obra de teatro que tuve ocasión de presenciar y seguir en su día. Me viene muy grande la invitación, pero, no encuentro razón alguna para desestimarla; bien al contrario, considero que la invitación lleva implícito un motivo de orgullo con uno mismo y el esfuerzo hay que hacerlo como sea. Lo hago, escribo el texto, sin embargo, cuando, tras varias semanas sin decidirme, acabo por hacerlo, cuando lo presento allí donde se me solicitó, pasan los días, alguna semana, y ni una palabra, no ya de agradecimiento, sino de crítica. Soy consciente de que no es muy afortunado el mencionado escrito, lo cual jamás debiera de ser motivo para emplear el silencio como respuesta, mucho menos, como moneda de cambio, que es lo mismo pero no es igual.

Pero, ya está, saca la madurez a relucir, muchacho, no seas niñato, si el escrito era malo, era malo, y si ello conlleva el silencio de la vergüenza, conlleva el silencio de la vergüenza, joder. Qué esperabas, a tus más de 60 sigues anquilosado en la falacia de la recompensa divina, alma de cántaro. 

Vamos a la segunda de las experiencias que uno tenía en mente sacar a colación en esta fría y lluviosa tarde talaverana: 

                      8 de marzo, ayer; ya ha tocado el timbre y llegas con unos minutos de retraso; movimientos rápidos; subes los escalones que separan las dos alturas a la izquierda de la entrada; cartera de apuntes y libros, en una mano, paraguas, en la otra; de pronto, una ingente masa humana, de unas 7 u 8 compañeras, viene en sentido contrario, tratas de reubicar tus adminículos para no tropezarte y, hete aquí que toman vida, el paraguas se abre, la cartera cae de plano, acabas de generar un pequeño, momentáneo, festivo y risueño episodio del que la carcajada y los comentarios afloran sin complejos entre la ingente masa humana comentada. 

                   Por momentos, te ves como el argentino al que las mujeres, de Amanece que no es poco, llevaban a sus reuniones para tener un hombre del que reírse.


Y bueno, heme aquí, a esta hora, con este escrito, contando intimidades propias de inmaduros, de ingenuos a quienes falta un hervor, frente a una realidad de sensatez, cordura y madurez, enorme madurez, que la calle rezuma
Así nos va.

Santos López Giménez


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