sábado, 30 de mayo de 2015

Pues eso, denok batera

   Es obvio que el fútbol no goza de la buena salud que los aficionados desearíamos. Al menos, el fútbol profesional, sobre todo en las más altas esferas de poder, encarnadas por la FIFA. Ocurre que, si echamos la vista atrás, muy atrás habría que irse para encontrar una situación en la que la profesionalización del fútbol no estuviese asociada a mafias y demás estamentos putrefactos que nos alejan de esa instancia.
   Sin embargo, somos muchos quienes desde muy pequeños no sólo hemos jugado a este bello deporte, sino que, como solemos decir, nos hicimos de un equipo, casi siempre de los llamados grandes, y seguimos su estela como si se tratase de un apéndice vital más de nuestra biografía, que nos acompaña a sol y a sombra a lo largo de nuestra existencia.
    Mi familia, mis amigos, conocen la peculiar historia respecto de cómo me hice del Athletic Club de Bilbao. Curiosamente, siendo la gran mayoría del Madrid o del Barcelona, nadie osa preguntar cómo es que viviendo en Murcia, sea uno de ellos tu equipo, a lo sumo, se acepta que se sea del Atlético de Madrid sin incidir en la dichosa pregunta. Pero, si eres del Athletic, demasiadas veces, a lo largo de tu vida, habrás de recibir y contestar la manida pregunta.
    Pues bien, mi condición de athleticzale, que así llaman en euskera a los seguidores del Athletic, arranca allá por 1970, cuando, a la vuelta de un viaje a Madrid, que hiciese mi padre para recibir un "cursillo", como se decía por entonces, relacionado con su actividad profesional como peón caminero, me trajese, en vez de la bici que le pedí, la indumentaria de un equipo de fútbol, para mí desconocido, que, con el paso de las semanas, comencé a seguir sus andanzas, a conocer su historia, y , con el paso de los años, a convertirse en una pasión que, desde los 7 años, me acompaña hasta hoy, sin discontinuidad alguna, y con vocación de estar presente indefinidamente.
   Por ello, cuando, mañana por la noche, los jugadores del Athletic salten al Nou Camp, para disputar la final de la Copa de España contra el Fútbol Club Barcelona, la tentación de no ver el partido, dada la enorme dificultad de esta final, y las experiencias de las finales de esta última etapa, que arranca en 2009, estaré sentado frente a la televisión para no dejar solo al niño de 7 años, al que su padre le regalase una camisola rojiblanca, que fiel a sus colores, una vez más, soñará con ver ganar un título a su equipo del alma.

Santos López Giménez



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