jueves, 4 de abril de 2013

Hacia la III República, por la senda de la inteligencia

                    La III República no caerá del cielo, ni se acelerará su llegada por un quítame allá una imputación, no, no es eso, ni nunca lo fue. La III República, cuando llegue, lo hará por la puerta grande, sin hacer ruido. Y para ello, falta mucho, tanto como el tiempo perdido en disquisiciones varias, mareando la perdiz, sin haber llegado a entender que bastaba con defender la Constitución monárquica que se nos impuso; hace tiempo que Anguita puso el dedo en la llaga: el mejor programa electoral sería aquel que la hiciese cumplir en su totalidad; que bastaba con haber creído en la educación y la cultura como las únicas armas capaces de convertir a este pueblo en un pueblo democrático, cargado de sentido común, y como fruta madura, la monarquía, hace tiempo que se habría diluido. La III República no es una panacea, sino el estado natural que la Historia le robó a España y sin que ni una sola gota de sangre se derrame habrá de devolverle.
                   Por desgracia, poco de eso veo a mi alrededor, hay que desandar un largo trecho para reiniciar el camino que jamás se hubo de perder de vista. Se perdió, ya lo creo que se perdió. La monarquía española no es mas que la punta de un iceberg cimentado por una ciudadanía ajena al devenir histórico de sus antepasados, complaciente con el poder establecido, confundida por miedo a indagar y estar informada. Son mayoría quienes así obran, sin esa aceptación, no se podrá reiniciar ese camino perdido. 
                  Son varios los conceptos que bailan en esta reflexión: libertad; respeto democrático; educación humana y académica; la Cultura, con mayúsculas; solidaridad; políticas solidarias; la Naturaleza, como único soporte de todo lo anterior, y su consiguiente defensa; todo ello, se pudo abordar desde posiciones de gobierno durante los últimos más de 30 años, la monarquía nunca ha podido ser una escusa que limitara esa aspiración, pero ni el pueblo, ni los supuestos gobiernos progresistas, entendieron que esos objetivos fueran vitales.
                  La II República es nuestro más insigne referente, los suyos, fueron años de ilusión, en los que se desarrollaron políticas, que conllevaron programas donde los ciudadanos se sintieron protagonistas del desarrollo de su país. Actualmente, este pueblo, no merece aquellas expectativas. Que no se nos llene la boca de proclamas antimonárquicas, alimentemos el espíritu de valores democráticos, solidarios, a partir de ahí, estaremos en disposición de recobrar eso que la Historia usurpó a nuestros abuelos, a nuestros padres.

Santos López Giménez



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