jueves, 31 de enero de 2013

Porque hoy es 31: je veux

                                   Uno de los achaques más comunes a los que solemos recurrir a diario, los unos contra los otros, es a aquello de que no somos capaces de reaccionar frente al cúmulo de despropósitos y clamorosas injusticias que, como si de un aura se tratase, mantienen obnubilada a nuestra sociedad. Cada cual tendrá su percepción de la realidad, la mía, tan respetable como la que más, y prescindible como todas, no ofrece novedades ni sorpresas respecto de mi parecer en otros momentos, de aquellos que tanto se echan de menos, y que, socialmente, eran tan deleznables o más que el actual.
                                 Queramos o no, o quizá, porque queremos, porque no deseamos deshacernos del sistema político del que gozamos, todo se sigue resumiendo en una cuestión de mayorías, son ellas las que condicionan el devenir social. Y es ahora cuando, de un modo determinante, dadas las características de lo que viene aconteciendo, muchos podemos estar incluidos, sin darnos cuenta o aunque no lo deseemos, con aquella gran mayoría que apuntala al poder, poder político, se entiende. Las demás formas de poder, el real, el que no pasa por urna alguna, el que encarnan el capital o la Iglesia, ése, no precisa de apuntalamientos sociales, están impregnados en su propia condición. No parecen estar nerviosos ni los unos ni los otros. Les veréis sacar pecho sin despeinarse, es su pose habitual. Se saben en la mejor de las predisposiciones, los rebaños humanos corean sus gestas, acuden a sus llamadas, les rinden culto y pleitesía, ¿de qué narices nos extrañamos? 
                               Hay obviedades que, por mucho que se repitan, no calan, bien al contrario, mientras una parte ingenua de la sociedad cree estar ante la gran caída de los personajes siniestros que copan las cúpulas del poder, otra, importante por muy numerosa, parte social, mantiene intactas sus posiciones frente a esas supuestas obviedades, lo cual deriva hacia el perpetuo fortalecimiento de todos estos individuos que jamás dejaron de velar por sus muchos privilegios.
                               En la era de la más fácil y accesible posibilidad de estar informados, la dinámica de las puestas en escena de aquello que se ha dado en llamar "redes sociales", proporciona un elemento nada desdeñable para tomar el pulso social en el día a día. En los albores de internet, los foros para el debate no eran sino farragosos espacios desde los que oleadas de anónimos vertían sus venenos siguiendo triviales discursos, por llamarlos con elegancia, en los que el desprecio y el insulto constituían la verdadera razón por la que aquellas criaturas se mantenían escondidas, incapaces de dar la cara, conscientes de lo único que podrían serlo, de su incapacidad para hacer bandera del civismo. Hoy, sin embargo, las estructuras en el manejo de estos foros han cambiado, la cara hay que ponerla antes que la palabra, y es ahí donde las vergüenzas sociales salen a relucir.
                             Como reza el título de este escrito, hoy es 31 de enero, ello implica que, siguiendo con mi peculiar lógica de dejar, al menos, un escrito por mes, he tratado de reflexionar, en apariencia de forma inconexa, sobre la ilógica de una sociedad incapaz de reconocerse a si misma; de unos individuos, tú, yo, todos nosotros, incapaces de entender nada, pero seguros de que una pandilla de indocumentados rigen nuestro destino.

Santos López Giménez

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